Blogia
Enabio

Micología

Cortinarius hercynicus

Cortinarius hercynicus

Cortinarius hercynicus en un pinar de silvestre y negral. Foto: ENABIO.

 

Esta especie se caracteriza por el sombrero violeta oscuro con el margen incurvado y cutícula aterciopelada, seca y opaca. Las láminas tienen este mismo color, virando luego a ocre ferruginoso. El pie, engrosado en la base, es fibrilloso-escamoso. Crece en bosques de coníferas a diferencia de Cortinarius violaceus que lo hace en planifolios. Es uno de los pocos cortinarius no considerados tóxicos.

 

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Amanita torrendii

Amanita torrendii

Amanita torrendii en el Encinar Monte Estébanez (León). Foto: ENABIO.

 

La especie, de ubicación taxonómica incierta, está incluida actualmente dentro del género Amanita, habiendo sido considerada hasta ahora como uno de los llamados gasteromicetes agaricoideos (Torrendia pulchella).

Esta seta se caracteriza por el sombrero de pequeño tamaño (entre 1-2 cm), sin láminas, con gleba formada por celdillas o lóculos blanquecinos en donde se encuentra el himenio. El pie es cilíndrico y alargado con presencia de volva en la parte inferior. Es muy delicada, de manera que sombrero y volva se separan y rompen con facilidad.

Aunque empezó a citarse en la Península Ibérica en ambientes mediterráneos del centro y sur, en los últimos años ha aumentado el número de citas en el norte peninsular. En la provincia de León aparece asociada a alcornocales y encinares.

Está incluida dentro de las 33 especies prioritarias a conservar en Europa por el European Council for the Conservation of Fungi (Convenio de Berna). Se distribuye por Portugal, España, Francia, Italia y norte de África.

 

Gymnopilus spectabilis

Gymnopilus spectabilis

Gymnopilus spectabilis creciendo sobre chopo. Foto: ENABIO.

 

Actualmente nombrada como Gymnopilus junonius, esta seta aparece en tocones de planifolios y menos frecuentemente en coníferas. También resulta común en plantaciones de eucalipto.

En Japón se conoce como “waraitake” que significa “hongo de la risa” por su capacidad para producir hilaridad incontrolada y sus propiedades alucinógenas. La especie es tóxica y presenta importantes variaciones en su contenido de alcaloides. En ejemplares asiáticos se ha detectado psilocibina, en los americanos sólo en algunos casos y en los europeos muy poco o nada. Según parece podría contener hispidina otro alcaloide presente también en el afiloforal Inonotus hispidus.

 

Craterellus tubaeformis f. lutescens

Craterellus tubaeformis f. lutescens

Craterellus tubaeformis f. lutescens. Camposagrado (León). Foto: ENABIO.

 

El rebozuelo atrompetado o angula de monte (Craterellus tubaeformis f. lutescens) tiene un olor aromático y un sabor dulce y aparece formando grandes colonias en bosques de coníferas. Esta variedad de Craterellus tubaeformis se caracteriza por el himenio amarillo. Es una seta que no se agusana y que aguanta bien las heladas. Como todas las especies del género, es fácil de desecar, siendo esta la forma como se comercializa.

 

Hydnum repandum

Hydnum repandum

La gamuza destaca por su himenio hidnoide. Foto: ENABIO.

 

 Hydnum repandum, conocida como lengua de vaca, de gato o gamuza fructifica en pinares, bosques mixtos de pino y haya, así como robledales y castañares. Esta especie ectomicorrícica es capaz de salir en invierno cuando en el monte han desaparecido el resto de las especies otoñales, resistiendo muy bien tanto las heladas como el ataque de los insectos. Es un buen comestible de joven, simplemente a la plancha, o en guisos y risottos.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Julio Verne y su colosal bosque de setas

Julio Verne y su colosal bosque de setas

  El grabado corresponde a la ilustración de Édouard Riou.

 

 

 En ocasiones las setas ocupan un lugar destacado en la literatura. En su novela Viaje al centro de la Tierra el escritor francés Julio Verne presenta nada menos que un bosque fantástico de setas gigantescas de casi diez metros, tanto de pie como de sombrero. El ilustrador Édouard Riou llegará a utilizar un grabado alusivo en el interior y en la portada de la edición original del libro.

 El protagonista (Axel) narra el momento con enorme sorpresa y admiración. Luego aludirá a su  conocimiento de la obra de Pierre Bulliard, médico y botánico francés del siglo XVIII, especialista en micología y autor de Histoire des champignons de la France, citando al gasteromicete Calvatia gigantea (= Langermannia, = Lycoperdon giganteum), como ejemplo de seta conocida de notable tamaño (hasta 80 centímetros y 30 kilos de peso).

 

  Reproducimos un fragmento de la obra:

 “Pero en aquel momento, solicitó mi atención un inesperado espectáculo. A unos quinientos pasos, a la vuelta de un alto promontorio, se presentó ante nuestros ojos una selva elevada, frondosa y espesa, formada de árboles de medianas dimensiones, que asemejaban perfectos quitasoles, de bordes limpios y geométricos. Las corrientes atmosféricas no parecían ejercer efecto alguno sobre su follaje, y, en medio de las ráfagas de aire, permanecían inmóviles, como un bosque de cedros petrificados. Aceleramos el paso. No acertaba a dar nombre a aquellas singulares especies. ¿No formaban parte de las 200.000 especies vegetales conocidas hasta entonces? ¿Sería preciso asignarles un lugar especial entre la flora de las vegetaciones lacustres? No. Cuando nos cobijamos debajo de su sombra, mi sorpresa se trocó en admiración.  En efecto, me hallaba en presencia de especies conocidas en la superficie de la Tierra, pero parecían volcadas de un molde de dimensiones enormes. Mi tío les aplicó en seguida su verdadero nombre.

 -Esto no es otra cosa -me dijo- que un bosque notabilísimo de hongos. 

Y no se engañaba, en efecto. Imagínese cuál sería el monstruoso desarrollo adquirido por aquellos seres vivos tan ávidos de calor y de humedad. Yo sabía que el Lycoperdon giganteum alcanzaba, según Bulliard, ocho o nueve pies de circunferencia: pero aquéllos eran hongos blancos, de treinta a cuarenta pies de altura, con un sombrero de este mismo diámetro. Había millares de ellos, y, no pudiendo la luz atravesar su espesa contextura, reinaba debajo de sus cúpulas, yuxtapuestas cual los redondos techos de una ciudad africana, la oscuridad más completa.

 Quise, no obstante, penetrar más hacia dentro. Un frío mortal descendía de aquellas cavernosas bóvedas. Erramos por espacio de media hora entre aquellas húmedas tinieblas, y experimenté una sensación de verdadero placer cuando regresé de nuevo a las orillas del mar.

 Pero la vegetación de aquella comarca subterránea no era sólo de hongos. Más lejos se  elevaban grupos de un gran número de otros árboles de descolorido follaje (…) dotados de fenomenales dimensiones, licopodios de cien pies de elevación, sigilarias gigantescas, helechos arborescentes, del tamaño de los abetos de las altas latitudes, lepidodendrones de tallo cilíndrico bifurcado…..

 -(...) ¡Mira, Axel, y asómbrate! Jamás botánico alguno ha asistido a una fiesta semejante.”  Viaje al centro de la Tierra. Julio Verne.

 

 Cuando Julio Verne titula -bajo el nombre de Viajes extraordinarios a los mundos conocidos y desconocidos- la colección de relatos que a partir de 1862 comienza a escribir, cumplía el proyecto de novelar la ciencia del momento. En palabras de su editor: "se trata de resumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos amasados por la ciencia moderna”.

 En el libro que nos ocupa la atención se centraba en la geología y la paleontología. La teoría de la evolución de Darwin, de gran actualidad entonces, ocupará varios capítulos. Seres vivos de épocas pasadas aparecen en la novela, casi siempre con tendencia al gigantismo (regla de Cope). Si bien el mito de la tierra hueca -por otra parte muy antiguo-, se considera una de sus ficciones menos científicas, hay que apuntar que no carece de sentido que el novelista francés utilizara el conducto hueco de un volcán islandés como puerta de entrada para aventurarse dentro de las profundidades de la Tierra. Esta idea tenía cierto fundamento dado que se apoyaba en los modelos geológicos que entonces se proponían para las estructuras volcánicas y sus formas de erupción. En el siglo XIX estos modelos se basaban en cámaras magmáticas, con sus respectivos conductos volcánicos o chimeneas, que los conectaban con la superficie. Se pensaba entonces que estas cámaras magmáticas, supuestamente, se vaciaban dejando enormes huecos o cavernas después de las erupciones, lo que inspiró a Julio Verne a la hora de imaginar estas bóvedas inmensas en las profundidades de nuestro planeta.

 Puesto que el centro de la Tierra es un núcleo denso y sólido con temperaturas y presiones altísimas, es evidentemente inviable la existencia de un “mundo perdido” en su interior. Lo que debe anotarse es que este mito le sirvió a Verne como excusa para hacer desfilar la flora y la fauna del finales de la era primaria y comienzos de la secundaria. Seres de eras geológicas pasadas estaban vivos bajo tierra. El sistema que los geólogos reconstruyen a partir de la ciencia se volvía así visible y viviente. La teoría evolucionista quedaba, de algún modo, reconstruida y confirmada.

 Hoy sabemos, gracias al registro fósil conocido (palinomorfos, troncos de árboles afectados por hongos), que los principales grupos, incluidos los basidiomicetos, se establecieron a partir de diferentes líneas evolutivas antes de finalizar el Paleozoico. Probablemente (Taylor TN, 1994) la colonización de la tierra firme por las plantas no hubiese sido posible sin la ayuda de los hongos, asociados de forma simbionte a las raíces de estas plantas primitivas, lo que las ayudó a obtener el agua y minerales que antes absorbían con más facilidad en los océanos. Hace unos 300 millones de años (al finalizar el Carbonífero) la Tierra dejó de producir carbón de forma masiva a partir de la acumulación y enterramiento de árboles primitivos que crecían en exuberantes bosques pantanosos. El final de esta era del carbón coincidió, precisamente, con la aparición de basidiomicetos con un sistema enzimático (peroxidasas) capaz de degradar eficazmente la lignina.

 Lo cierto es que las setas gigantes de Verne han pasado ya a la historia de la literatura a pesar de que, desgraciadamente, "jamás micólogo alguno haya asistido a una fiesta semejante...”.

 

Alicia y la Amanita muscaria

Alicia y la Amanita muscaria

 Amanita muscaria, la seta de Alicia junto a la portada de la edición de Edelvives ilustrada por Rébecca Dautremer.

 

¿Aparecen indicios de consumo de sustancias alucinógenas en Alicia en el país de las maravillas (1865)?. Hay motivos para creerlo. Desde el primer capítulo se producen cambios y transformaciones en el tamaño de la protagonista, bien por ingerir dulces, bebidas, o setas.

Aunque a los anglosajones se les considera micófobos por tradición, en este libro el escritor y matemático inglés Lewis Carroll (Charles Lutwidge Dogson) presenta a una Alicia aplicada en el consumo de setas para aumentar y disminuir de estatura:

 

¿Qué puedo hacer? Supongo que tengo que comer o beber alguna cosa pero ¿qué?.  Ese "qué" era la cuestión que había que resolver.

Con calma, Alicia examinó las flores y la hierba, sin saber qué era lo que, en tales circunstancias, podría ser la comida o la bebida adecuada. Luego se acercó a una seta de aproximadamente su mismo tamaño. La inspeccionó por debajo, por los lados y por detrás y, de pronto, se le ocurrió tratar de ver lo que había por encima. Se puso de puntillas para echar una ojeada, entonces su mirada se cruzó con una enorme oruga azul que estaba sentada con los brazos cruzados en el centro de la seta, fumando tranquilamente un narguile, sin demostrar el más mínimo interés por nada de lo que sucediera a su alrededor. (…)

Esta vez, Alicia esperó pacientemente a que la oruga decidiera volver a dirigirle la palabra. Al cabo de un par de minutos, esta se sacó el narguile de la boca, dio un par de bostezos y se estiró. Luego, bajó de la seta y se alejó reptando por la hierba. A modo de despedida, se limitó a decir:

- Uno de los lados te hará crecer, y el otro te hará menguar.

-“¿Uno de los lados de qué? ¿El otro lado de dónde?”, se preguntó Alicia.

-¡De la seta! – respondió la oruga, como si Alicia hubiera hecho la pregunta en voz alta, y luego desapareció.

Alicia pasó un rato contemplando la seta, tratando de adivinara dónde tendría los dos lados. Como era perfectamente redonda, la solución no era nada fácil; pero al final rodeó el hongo con los dos brazos y las dos manos y arrancó un trozo de cada extremo.

-“Y ahora, ¿cuál será el bueno?”,  se preguntó, dando un mordisquito al trozo que tenía en la mano derecha. Al momento, notó que la barbilla chocaba bruscamente con los pies.

Se llevó un susto de muerte por aquel repentino resultado, y comprendió que estaba menguando muy rápidamente; así pues, sin un segundo que perder, decidió probar el otro trozo. La barbilla estaba tan aplastada contra los pies que apenas pudo abrir la boca, pero al final logró morder el pedazo de la mano izquierda.

-¡Por fin tengo la cabeza libre!- dijo aliviada, pero casi al instante, el alivio se convirtió en preocupación: ¡ Le habían desaparecido los hombros! Todo lo que alcanzaba a  ver era un cuello desmesuradamente largo que parecía brotar como el tallo de una planta descomunal del bosque que se extendía a sus pies.

“¿Dónde se habrán medito  mis hombros? – se preguntó Alicia-. ¡Oh, pobres manitas mías! ¿Cómo es que ya no las veo?”. Las agitó mientras hablaba, pero no notó nada, salvo un ligero temblor entre las hojas de los árboles.

Como, por lo que se veía, no iba a poder subir las manos a la cabeza, intentó bajar la cabeza hasta las manos y descubrió encantada que podría retorcer el cuello en todas direcciones, como una serpiente.  (…)

Luego recordó que todavía conservaba los trocitos de seta, y se puso a mordisquearlos con mucho cuidado, primero uno, luego el otro, y crecía unas veces, menguaba otras, hasta  que consiguió recuperar su estatura normal. La había pedido hace tanto tiempo que al principio le costó adaptarse. Pero en seguida se acostumbró y volvió a charlar consigo misma.

- ¡Ya está!

- ¡He cumplido la mitad de mi plan! Realmente estas transformaciones son extraordinarias: nunca sé lo que va a ser de mí de un minuto a otro. Pero bueno, ya tengo mi tamaño de siempre. Ahora sólo me queda entrar en el jardín maravilloso…¿Cómo lo conseguiré?.

(...) Primero, cogió la llave y abrió la puerta que daba al jardín. Luego, se puso a mordisquear la seta (aún conservaba algunos trozos en los bolsillos), hasta que menguó a la mitad de su tamaño. Entonces, cruzó el pasillo y, por fin, entró en el maravilloso jardín de flores multicolores y fuentes de agua fresca".

Alicia en el País de las Maravillas. Lewis Carroll.

 

En los textos citados encontramos dos observaciones muy concretas referidas al uso de enteógenos y sus efectos. Por un lado, la oruga sentada sobre un gran hongo se encuentra fumando una pipa oriental (narguile), como es usada por los fumadores de opio. Debe recordarse que en la época de la sociedad victoriana inglesa, esta sustancia era legal. Por otro lado, la oruga recomienda a Alicia el consumo de una seta que, por sus efectos, bien podría ser la Amanita muscaria, extremadamente abundante en las Islas Británicas (sobre todo en los bosques de abedul). En Las aventuras de Alicia bajo la Tierra, el manuscrito original de Carrol, la oruga le dice a Alicia que la cabeza de la seta la hará crecer y el pie menguar.

Las visiones que el autor hace tener a Alicia son similares a las producidas por esta especie: alteraciones sensoriales y espaciales. Amanita muscaria produce macropsia o micropsia, un trastorno neurológico que altera la visión de las proporciones de las cosas. Es cierto que estos síntomas pueden estar relacionados con la migraña  y con ciertas infecciones víricas, pero también con el consumo de drogas psicoactivas como el LSD o ciertos hongos.

De hecho el llamado Síndrome de Todd o Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas (SAPM) se caracteriza por este tipo de trastornos complejos de la percepción visual que incluyen de forma más completa:

  • Alteraciones en la forma (metamorfopsia), tamaño (macropsia, micropsia) y situación espacial de los objetos (teleopsia, efecto zoom).
  • Distorsión de la imagen corporal (macro y microsomatognosia, dualidad física o somatopsíquica).
  • Otras ilusiones visuales raras como fenómenos de visión invertida, palinopsia (imágenes múltiples), acromatopsia (visión sin color), prosopagnosia (incapacidad de reconocer caras), pérdida de visión estereoscópica (alestesia óptica), etc.

Todo indica que algunos de estos síntomas podrían ser sobradamente conocidos por Lewis Carroll. En primer lugar porque padecía, según parece, migraña crónica; en segundo lugar porque es probable que, para combatir los fuertes dolores de cabeza, hubiera tomado láudano (medicamento común de la época compuesto por vino blanco, opio y azafrán) que, ingerido en grandes dosis, tiene efectos psicotrópicos. Por último, el autor, años antes de escribir Alicia, había viajado por el norte de Europa y Siberia, donde pudo haber sabido del efecto enteogénico de la Amanita muscaria.

Se ha especulado sobre si Lewis Carroll escribió Alicia en el País de las Maravillas bajo la influencia de alguna sustancia psicodélica, pero de lo que no cabe duda es que, por las referencias que aparecen en la obra, describió a través de sus personajes una sintomatología asociada tipicamente a los efectos de ciertas drogas y hongos alucinógenos. 

 

Envenenamiento con setas: la muerte de un experto

Envenenamiento con setas: la muerte de un experto

Amanita rubescens contiene hemolisinas termolábiles. Foto: ENABIO.

 

"Con las setas basta un solo error; la equivocación en la elección no da lugar a una segunda oportunidad, como no la tuvo aquel personaje al que autopsié, y cuyo levantamiento de cadáver me sorprendió. Era un hombre de edad mediana, con rasgos orientales, que apareció muerto en su casa sin que nadie hubiera tenido oportunidad de asistirle ni tratarle. Su domicilio correspondía al de un intelectual, pulcro, limpio, ordenado y con una rica biblioteca, en la que predominaban en varias lenguas, libros de botánica y que incluía una especial sección dedicada a las setas y hongos, todo un irónico conocimiento que no le sirvió de nada para evitar su muerte a causa de envenenamiento. Había ingerido un tipo de setas, cuyos restos encontré en su estómago junto a un cuadro hemorrágico difuso, de carácter hemolítico. Sorprendentemente, estos restos no se pudieron filiar, ni siquiera mediante los estudios microscópicos botánicos que se realizaron… Las muertes por setas que yo he estudiado solían tener todas un nexo en común: el de que los muertos eran todos unos expertos en su conocimiento.”

La muerte de un experto (Lo que me contaron los muertos). José Antonio García Andrade.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres