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Comentarios al libro “Crítica de la Razón instrumental” de Horkheimer.

Comentarios al libro “Crítica de la Razón instrumental” de Horkheimer.

   

Horkheimer recoge sustancialmente en su obra Eclipse of Reason (o “Crítica de la Razón instrumental”, título con el que aparece en su edición alemana) una serie de cinco conferencias impartidas en la Columbia University de Nueva York en marzo de 1944. En este trabajo se desarrollan algunos aspectos de la filosofía que en los últimos años de la segunda Guerra Mundial elaborara en colaboración con Theodor W. Adorno y cuya obra de referencia es la conocida Dialéctica de la Ilustración.

Horkheimer parte de la reconocida paradoja que supone el hecho de que “los avances en el ámbito de los medios técnicos se ven acompañados de un proceso de deshumanización. El progreso amenaza con destruir el objetivo que estaba llamado a realizar: la idea del hombre” (pag. 43) para investigar a continuación “el concepto de racionalidad subyacente a la industria cultural de nuestro tiempo” (pág. 43). Su conclusión: “La denuncia de lo que hoy se llama razón es el mayor servicio que puede rendir la razón” (pag. 187).

Es preciso señalar que la crítica de Horkheimer lo es a la razón mutilada y reducida a razón instrumental. Nos encontramos ante una crítica radical pero no es una crítica irracional: es una autocrítica de la razón. Su objetivo es desenmascarar la entraña autoritaria, la lógica de dominación que determina la perversión de la razón en su contrario. Su análisis contiene una crítica radical a la razón occidental en cuanto razón traspasada por una lógica de dominio que ha determinado su radical instrumentalización.

Por un lado, Horkheimer reconoce  que el afán de dominio es una enfermedad de la razón que no le ha sobrevenido en un momento histórico determinado, sino que le acompaña desde sus mismos orígenes: “La necesidad social de controlar la naturaleza ha condicionado siempre la estructura y las formas de pensamiento humano” (pag. 178); “De hablarse de una enfermedad que afecta a la razón, esta no debería ser entendida en el sentido de haber afectado a la razón en un momento histórico determinado, sino como inseparable de la esencia de la razón en la civilización, tal como la hemos conocido hasta la fecha. La enfermedad de la razón tiene sus raíces en su origen (...) (Desde) la observación calculadora del mundo como presa por parte del primer hombre (…) Desde la época en que se convirtió en el instrumento del dominio de la naturaleza humana y extrahumana por el hombre, -esto es, desde los más tempranos comienzos- su intención propia, la de descubrir la verdad se ha vista frustrada”. (pag. 149).   

Por otro, no deja de advertir que: “La razón forma parte por entero del proceso social al que está sujeta. Su valor operativo, el papel que juega en el dominio de los hombres y de la naturaleza, ha sido finalmente convertido en un criterio único” (pag. 58).

De este modo, el mal no estaría en la razón instrumental/ tecnológica como tal, sino en su hegemonía o “hipóstasis” sobre la “razón objetiva”. De aquí que la “tendencia al dominio” (y, por lo tanto, la instrumentalización de la razón) no sea un proceso fatal, sino un proceso histórico que puede -y debe- ser reorientado en cuanto los hombres tomen conciencia de ello.

Para Horkheimer la “crisis contemporánea de la razón” (que estalla en la Modernidad pero que se inicia en los orígenes mismos de la civilización occidental) está conduciendo a una progresiva formalización de la misma que la vacía de contenido, que la desubstancializa (pag. 56) y la reduce a mera razón de los medios (razón funcional), a instrumento al servicio de la lógica de dominio, divorciándola del mundo de los fines y valores. Por ello se trata de una “irracionalidad racionalizada”, racional en los medios e irracional en los fines.

Horkheimer reconoce y asume el proceso moderno de racionalización como “un proceso histórico necesario” (pag. 92), proceso que ha dado lugar a una legítima y positiva diferenciación y autonomización de esferas de la  racionalidad. Lo que hace es señalar que este proceso, por la lógica interna que lo impulsa, ha comportado al mismo tiempo un adelgazamiento de la razón que tiende amenazadoramente a su propia “autoliquidación” (pag. 56), que conduce a su reducción a “ancilla administrationis” (pag. 90) y con ello a su sometimiento a la realidad social, en una palabra, a la muerte del pensamiento en su meollo más propio: la negación de lo existente, su cualidad “transcendedora o superadora”. Cierto que el pensamiento ha asumido ese papel de esclavo en otras ocasiones, como es el caso de aquella escolástica para la que la philosophia no era sino ancilla theologiae.

De ahí su posición en torno a la ciencia y al positivismo. Mientras apoya el ataque positivista a determinadas revitalizaciones, tan calculadas como artificiales, de ontologías anticuadas, resalta el hecho de que “la ciencia sólo puede ser entendida hoy si se la pone en relación con la sociedad para la que funciona” (pag. 90), puesto que se trata de “un elemento entre otros muchos dentro del proceso social” (pag. 90). Por ello, escribe: “La tecnocracia económica lo espera todo de la emancipación de los medios materiales de producción. Platón quería convertir a los filósofos en gobernantes; los tecnócratas quieren convertir a los ingenieros en vigías de la sociedad. El positivismo es tecnocracia filosófica” (pag. 90).

 

Crisis de la civilización y rebelión de la naturaleza.

Uno de los aspectos más destacables de su crítica es el hecho de situar el conflicto hombre-naturaleza en un primer plano. Este desplazamiento del centro de gravedad de su pensamiento, no significa de ninguna manera que el citado conflicto sea desligado en su análisis del modo de producción capitalista. En realidad amplía este análisis al retrotraerse en los principios de la historia a la perversión de la razón en instrumento de dominación de la naturaleza y de los hombres. Para Horkheimer: “El dominio de la naturaleza incluye el dominio sobre los hombres. Todo sujeto tiene que participar en el sojuzgamiento de la naturaleza, tanto humana como extrahumana. Y no sólo eso, sino que para conseguirlo tiene que sojuzgar la naturaleza que hay en el mismo” (pag. 116), de manera que “la historia de los esfuerzos del hombre por sojuzgar la naturaleza es también la historia del sojuzgamiento del hombre por el hombre” (pag. 125).

Merece la pena reproducir la cita extensamente: “En otro tiempo el arte, la literatura y la filosofía aspiraban a expresar el significado de las cosas y de la vida, a ser la voz de cuanto está muerto, a prestar a la naturaleza un órgano para expresar sus padecimientos o, como cabría decir, para llamar a la realidad por su verdadero nombre. Hoy se ha privado del lenguaje a la naturaleza. Una vez se creyó que toda manifestación, toda palabra, todo grito, todo gesto tenía un significado interior; hoy se trata de un mero proceso. La historia del niño que, mirando al cielo, preguntó: - Papá, ¿de qué es un anuncio la luna?; es una alegoría de aquello en que ha venido a convertirse la relación entre hombre y naturaleza en la era de la razón formalizada. Por una parte la naturaleza se ve desprovista de todo valor intrínseco o sentido. Por otra, el hombre ha sido privado de todos los fines salvo el de autoconservación. Intenta transformar todo lo que tiene a su alcance en un medio para ese fin (…) El antigüo cazador con trampas no veía en las praderas y en las montañas sino la perspectiva de una buena caza; el hombre de negocios moderno ve en el paisaje  una oportunidad favorable para la instalación de anuncios de cigarrillos. Una noticia que apareció hace algunos años en los periódicos simboliza muy bien el destino de los animales en nuestro mundo. Informaba de que en África los aterrizajes de los aviones eran dificultados por las manadas de elefantes y de otros animales. Así pues, los animales son considerados solamente como obstáculos para el tráfico” (pag. 123 y 124).

Para Horkheimer la naturaleza es considerada hoy más que nunca como un mero instrumento de los hombres. Es  el objeto de una explotación total, que no conoce objetivo alguno puesto por la razón, y, por lo tanto ningún límite. “El dominio de la especie humana sobre la Tierra no tiene parangón alguno con aquellas épocas de la historia natural en las que otras especies animales representaban las formas más altas de evolución orgánica” (pag. 127) y la raíz de esta situación hay que buscarla “en la estructura de la sociedad” (pag. 128).

En esta situación el hombre debe enfrentarse a una nueva paradoja: el progresivo dominio del hombre sobre la naturaleza implica a la vez un progresivo sometimiento del hombre a la naturaleza (rebelión de la naturaleza).

Nuevamente el problema no se encuentra en el principio del dominio de la naturaleza en sí mismo, que es necesario e inevitable, sino en su absolutización, en que no conoce límites ni objetivo alguno puesto por la razón. El problema está “en la estructura de la sociedad” (pag. 128), de la “sociedad industrial” (pag. 116), en el “modo de producción” (pag. 118), en los “imperativos del sistema” (pag. 118). Son estos imperativos los que han convertido a la civilización en “tiránica” (pag. 127), los que han  hecho que “el triunfo de la civilización (sea) demasiado completo como para ser verdadero”. (pag. 121).

Por la misma razón Horkheimer no deja de advertir del carácter problemático del concepto de “progreso”: “la teoría del progreso hipostasía directamente el ideal del dominio de la naturaleza” (pag. 147) “la elevación del progreso al rango de un ideal máximo prescinde del carácter contradictorio de todo progreso” (pag. 147).

Este análisis no supone un rechazo ingenuo de la “razón tecnológica” ni un romántico “retorno a la naturaleza”, por lo demás imposible, puesto que “en este reloj no cabe dar marcha atrás” (pag. 157). La emancipación a la que apunta se cumple más bien en la subordinación racional de esas fuerzas, de la ciencia y de la técnica a la realización de la justicia. Para Horkheimer ningún camino que abdique de la razón conduce fuera de la crisis sino que hunde más profundamente en ella: “Somos, en una palabra, para bien y para mal, los herederos de la ilustración y del progreso técnico. Oponerse a ellos mediante la regresión a estados primitivos no mitiga la crisis permanente que han traído consigo”  (pag. 142). La única salida es la “reconciliación” (pag. 141) entre la razón subjetiva (Instrumental) y la razón objetiva, la reconciliación entre razón y naturaleza. Y el único modo de alcanzar esta reconciliación solidaria es “liberar de sus cadenas al pensamiento independiente” (pag. 142).

Como indica Juan José Sánchez en la presentación a la edición de Trotta (Crítica de la Razón Instrumental. Traducción: Jacobo Muñoz. 2002), la crítica de Horkheimer enfrentaría asimismo los esfuerzos por salvar la razón –el pensamiento autónomo, idependiente, crítico- ante el desafío del relativismo y del pragmatismo. Esta crítica alcanzaría también al denominado pensamiento débil o postmoderno que, en la estela de Heidegger, rechaza igualmente el imperio de la razón tecnológica en la modernidad, para caer luego en el nihilismo de un pensamiento que se entrega demasiado alegremente –sin negación dialéctica podríamos decir- a su contrario. La consecuencia es la misma que Horkheimer advertía sobre los riesgos del positivismo: que se termine haciendo el juego al sistema. Lo cual debe servir para prevenirse de toda manipulación conservadora de su obra como la llevada a cabo por parte de  los críticos de la civilización conservadores.

José Andrés Martínez García. Junio de 2008.

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